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Mi Tio Ventura – Ernesto Montenegro

A medida que el sol amarillento de estos días de invierno va recortando más y más sus rayos oblicuos a lo largo de la pared. mi tío Ventura, como si fuera la sombra del cuadrante en un reloj solar, va retirando también su silleta de brazos para el fondo del corredor, y ahí se queda, por último, horas de horas ensimismado, afirmando la barbilla en las manos anudadas sobre el puño de su garrote. Sus ojos ciegos, de un azul de mezclilla muy lavada, miran sin pestañear al sol que asoma por encima del tejado de la iglesia; y permanece así por un buen rato, con la mirada fija en lo alto, como en espera de que este calorcillo que le cosquillea la cara venga a fundir las telas que le cubren los ojos. Poco a poco el viejecito se anima; la tibieza de este sol casi primaveral hace que corra más viva la sangre por sus venas nudosas; sus flacas piernas, que se retorcían una en torno de la otra bajo el poncho, comienzan un bailoteo vivaracho, y hasta su bastón parece brincarle entre los dedos, mientras su voz cascada y temblona va salmodiando uno de esos romances picarescos con que entretiene sus horas de vigilia.

De tarde en tarde saca su bolsa tabaquera, tuerce un cigarrillo de hoja, y después de encenderlo levanta el fósforo a la altura de los ojos para quedarse embelesado mirando la llamita hasta que le chamusca los dedos.

Formato:  pdf Comprimido:  Sí Peso:  0.25 MB Lenguaje:  Español

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